Yachakuna - Revista Científica
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Recibido: 01 de septiembre 2026 - Aceptado: 15 de septiembre 2026
La carne antes del verbo: hacia una ontología encarnada, afectiva y enactiva del deseo
Flesh Before the Verb: Toward a Biophysiopsychological Ontology of Desire Against Linguistic Idealism
Sony Ranses Mendieta Toledo1
Resumen

Este ensayo intenta una crítica a dos reduccionismos que se repiten en la explicación del deseo humano: el biologicismo mecanicista que lo reduce a simples determinismos genéticos, hormonales o neuroanatómicos y el idealismo lingüístico que tiende a explicar la subjetividad por el lenguaje, el significante y el orden simbólico exclusivamente. Frente a esta disyuntiva, se propone una ontología del deseo encarnada, afectiva y enactiva, capaz de integrar la corporalidad vivida, la interocepción, la motivación, la plasticidad neural, la historicidad subjetiva y la mediación sociolingüística. A partir del diálogo entre fenomenología, psicoanálisis, neurociencia afectiva, ciencias cognitivas enactiva y estudios contemporáneos sobre sexualidad se sostiene que existen procesos corporales y afectivos no dependientes del lenguaje proposicional, sin embargo, el deseo humano no se reduce a éstos, pues adquiere forma subjetiva mediante la memoria, los vínculos, las normas, las prácticas culturales y la narración. La teoría lacaniana, se dice, sigue teniendo valor para analizar la dimensión simbólica, fantasmática, normativa, del deseo, pero no basta como explicación exclusiva de sus condiciones corporales y neurofisiológicas. La tesis final sostiene que la carne no es un objeto pasivo del significante ni una sustancia autosuficiente anterior a toda significación: es la condición viviente desde la que el organismo siente, valora, se orienta y participa en la producción de sentido. Esta óptica permite comprender la diversidad erótica sin patologizarla y sin convertir en determinismos individuales sus bases biológicas.
Palabras clave: deseo, cuerpo vivido, interocepción, neurociencia afectiva, Jacques Lacan, enacción, subjetividad, diversidad sexual.
Abstract
This essay offers a critique of two recurring reductionisms in the explanation of human desire: mechanistic biologicism, which reduces desire to mere genetic, hormonal, or neuroanatomical determinisms, and linguistic idealism, which tends to explain subjectivity exclusively through language, the signifier, and the symbolic order. Facing this dichotomy, the author proposes an embodied, affective, and enactive ontology of desire, capable of integrating lived corporality, interoception, motivation, neural plasticity, subjective historicity, and sociolinguistic mediation. Drawing on a dialogue among phenomenology, psychoanalysis, affective neuroscience, enactive cognitive science, and contemporary studies on sexuality, it is argued that bodily and affective processes exist independently of propositional language; however, human desire is not reduced to these, as it acquires subjective form through memory, interpersonal bonds, social norms, cultural practices, and narration. Lacanian theory retains key value in analyzing the symbolic, phantasmatic, and normative dimensions of desire, yet it remains insufficient as a sole explanation for its bodily and neurophysiological conditions. The overarching thesis holds that the flesh is neither a passive object of the signifier nor a self-sufficient substance prior to all meaning: it is the living condition through which the organism senses, values, orientates itself, and participates in the creation of sense. This perspective enables an understanding of erotic diversity without pathologizing it or turning its biological foundations into individual determinisms.
Keywords: desire, lived body, interoception, affective neuroscience, Jacques Lacan, enaction, subjectivity, sexual diversity.
1. Universidad Técnica Particular de Loja. https://orcid.org/0009-0007-3569-7724. srmendieta@utpl.edu.ec
https://www.latindex.org/latindex/ficha/29561
ISSN: 3073-1216
DOI: https://doi.org/10.70557/2026.ychkn.3.4.p73-83
INTRODUCCIÓN
El deseo humano se ha interpretado desde marcos teóricos que con frecuencia privilegiaron una dimensión de la experiencia a expensas de las otras. Algunas explicaciones biologicistas lo han reducido a la acción de los genes, hormonas, anatomía cerebral o circuitos de recompensa. Otras miradas, sobre todo las que tienen que ver con el estructuralismo psicoanalítico, han puesto el acento en la constitución simbólica del sujeto y han entendido el deseo como una formación inseparable del lenguaje, la demanda y el orden social. No se trata de que estas dimensiones no sean relevantes, sino que una explicación unilateral no basta para comprender la complejidad del deseo humano.
La investigación actual sobre la sexualidad no confirma la existencia de un simple determinismo genético. Un estudio genómico a gran escala halló muchas variantes que se asocian estadísticamente con la conducta sexual entre personas del mismo sexo, pero ninguna de ellas permite predecir la conducta sexual de un individuo de forma significativa. Los mismos autores concluyeron que se trata de un fenómeno complejo, poligénico y heterogéneo (Ganna et al., 2019). Las revisiones subsiguientes también advierten que los factores biológicos participan en el desarrollo de la orientación sexual, pero ninguno de ellos explica por sí solo la variabilidad individual (Bailey et al., 2016; Balthazart, 2020).
Tampoco se puede afirmar, por otro lado, que el deseo es únicamente un efecto del lenguaje. La percepción, la valencia afectiva, la orientación motivacional, el apego y la regulación corporal pueden operar sin recurrir a una formulación lingüística explícita. La neurociencia de la interocepción estudia cómo participan las señales del estado corporal en la experiencia afectiva, pero reconoce que los mecanismos mediante los cuales esas señales se integran en la experiencia consciente aún no se comprenden del todo (Feldman et al., 2024).
El ensayo propone una tesis de mediación y de co-constitución. El deseo humano tiene condiciones corporales, afectivas y neurofisiológicas que no son producidas de cero por el lenguaje; pero esas condiciones tampoco determinan linealmente la orientación, la identidad, la conducta o el significado subjetivo del deseo. La experiencia erótica nace de la interacción entre organismo, cerebro, cuerpo vivido, historia individual, vínculos, prácticas sociales, normas culturales y recursos lingüísticos.
No se trata de sustituir el psicoanálisis por la neurociencia, ni de convertir la fenomenología en una neurobiología filosófica. Buscan establecer un diálogo crítico entre distintos niveles de análisis. La pregunta central es ésta: ¿cómo pensar el deseo sin reducirlo ni a una falta puramente simbólica, ni a un mecanismo biológico aislado?
DESARROLLO
Precisiones conceptuales y metodológicas
Deseo, necesidad, motivación y sexualidad.
Una dificultad fundamental es que se emplea la palabra “deseo” para denominar fenómenos distintos. En biología se habla de motivación, apetito, aproximación, excitación o regulación homeostática. En psicología, se define el deseo como la experiencia consciente de ser atraído, de esperar o de orientarse hacia un objeto.
En psicoanálisis, es una categoría que tiene que ver con la falta, la demanda, la pulsión, la fantasía, el lenguaje. En la fenomenología, se puede comprender como una modalidad corporal de apertura al mundo y a los otros.
Estas acepciones no pueden intercambiarse. La motivación sexual no es lo mismo que la orientación sexual; la conducta sexual no es lo mismo que la identidad; la excitación fisiológica no es lo mismo que la experiencia erótica; y la identidad no agota la complejidad del deseo. La orientación sexual se define como un patrón relativamente duradero de atracciones emocionales, románticas o sexuales, mientras que la conducta e identidad puede variar según la historia personal, contexto y posibilidades sociales.
Por eso en el análisis se deben distinguir al menos cuatro niveles:
Procesos corporales y motivacionales: activación fisiológica, regulación autonómica, búsqueda de contacto, aproximación y evitación.
Experiencia afectiva: valencia, excitación, apego, interés, placer, ansiedad o repulsa.
Deseo subjetivado: forma en que cada uno interpreta el atractivo, la fantasía y la relación con el otro.
Identidad y ubicación social: categorías lingüísticas, reglas, pertenencias, reconocimientos y choques institucionales.
La relación entre estos niveles no es lineal. Una reacción fisiológica no determina una identidad; una identidad no repite necesariamente toda la historia motivacional de una persona; y una conducta no permite inferir automáticamente una orientación sexual.
Alcances del ensayo
El trabajo que aquí se ofrece es de carácter teórico-argumentativo. No incluye datos empíricos propios ni intenta conformar una teoría experimental del origen de la orientación sexual. Su objetivo es plantear un marco filosófico interdisciplinario que sirva para integrar distintas formas de evidencia, evitando inferencias que la investigación disponible no autoriza.
De igual forma, en el ensayo se emplea el término “carne” en un sentido fenomenológico y ontológico, no como un sinónimo de tejido muscular, cuerpo anatómico o materia biológica indiferenciada. Aquí la carne designa la corporalidad sensible y vivida, aquello por lo cual el sujeto siente, se mueve, es afectado y se relaciona con el mundo.
Lacan: deseo, cuerpo y significante
La diferencia entre necesidad, demanda y deseo
La teoría lacaniana no puede reducirse a la afirmación de que el deseo es una simple carencia psicológica. En su arquitectura conceptual, Lacan distingue necesidad, demanda y deseo. La necesidad remite a requerimientos vitales del organismo; la demanda introduce esos requerimientos en una relación con el Otro; y el deseo surge como un resto que no queda plenamente satisfecho por la respuesta a la necesidad ni por el reconocimiento solicitado en la demanda (Lacan, 2006).
Esta distinción es importante porque muestra que Lacan no desconoce la existencia del organismo. El problema es que, para él, la necesidad humana queda transformada por la entrada en la relación intersubjetiva y lingüística. El hambre, la dependencia, el cuidado y el contacto corporal no permanecen como hechos puramente naturales cuando se inscriben en vínculos, demandas y expectativas.
La afirmación de que el deseo es “falta-en-ser” debe entenderse dentro de este marco. No significa necesariamente que el sujeto carezca de una base corporal ni que toda experiencia deseante sea una ilusión producida por los significantes. Indica que el deseo humano no coincide con la satisfacción de una necesidad biológica concreta y que ningún objeto empírico logra clausurarlo por completo.
La Stanford Encyclopedia of Philosophy resume esta estructura señalando que, en Lacan, el deseo surge como aquello que permanece después de sustraer la necesidad de la demanda. Esta formulación no elimina el cuerpo, sino que describe su transformación mediante la relación con el Otro y el lenguaje.
El cuerpo en la teoría lacaniana
Una crítica rigurosa al lacanismo debe evitar afirmar que Lacan concibe el cuerpo como una entidad completamente pasiva. Su teoría diferencia el organismo biológico del cuerpo constituido por la imagen, el lenguaje, la pulsión y el goce. El cuerpo no es únicamente una estructura anatómica, pero tampoco es una mera superficie vacía donde se imprimen significantes.
En los desarrollos posteriores de Lacan, el cuerpo aparece asociado con la pulsión y el goce. La pulsión no es un instinto biológico transparente ni una representación puramente lingüística; es un circuito que articula una fuente corporal, un recorrido y una forma de satisfacción. El goce, por su parte, no equivale a un placer fisiológico simple. Designa una experiencia corporal que puede exceder el principio de placer y entrelazarse con la repetición, el sufrimiento y la transgresión.
La literatura especializada ha destacado que, en Lacan, no existe goce sin cuerpo, aunque ese cuerpo se encuentre atravesado por el lenguaje y por la historia del sujeto. Por ello, sería incorrecto afirmar que el psicoanálisis lacaniano elimina absolutamente la corporalidad. La crítica más precisa es otra: su aparato conceptual privilegia la dimensión simbólica y clínica del cuerpo, y no ofrece por sí mismo una explicación suficiente de la interocepción, la neurofisiología, la motivación y el desarrollo corporal.
El límite de la explicación lingüística
El lenguaje constituye una dimensión decisiva de la subjetividad humana. Nombra el cuerpo, organiza la memoria, estructura las normas, posibilita la narración autobiográfica y permite interpretar la experiencia. Sin embargo, de ello no se sigue que todos los procesos corporales dependen de una mediación lingüística previa.
Un organismo puede orientarse hacia estímulos relevantes, mostrar cambios autonómicos, establecer vínculos de apego y responder a señales afectivas sin poseer una representación proposicional de lo que ocurre. Esto no significa que tales procesos sean ya un deseo humano plenamente subjetivado. Significa que la experiencia humana se apoya en capacidades corporales y afectivas que no comienzan con la formulación verbal.
La crítica al idealismo lingüístico debe formularse, por tanto, como una crítica al exclusivismo explicativo. El lenguaje configura el deseo, pero no crea desde cero la sensibilidad, la excitabilidad, la capacidad de apego, la percepción del placer o la orientación corporal hacia el mundo.
Fenomenología del cuerpo vivido
El cuerpo como apertura al mundo
La fenomenología de Maurice Merleau-Ponty permite superar la oposición entre cuerpo-objeto y conciencia incorpórea. El cuerpo vivido no es una cosa que el sujeto posee desde fuera; es el medio mediante el cual percibe, actúa y se relaciona con el mundo (Merleau-Ponty, 2012).
La percepción no comienza necesariamente con un juicio lingüístico. El organismo sensible distingue intensidades, ritmos, proximidades, amenazas y posibilidades de acción antes de convertir esas diferencias en proposiciones. El cuerpo dispone de una inteligencia práctica que no debe confundirse con una representación conceptual. Caminar hacia alguien, apartarse, buscar contacto o experimentar incomodidad son formas de orientación corporal que pueden preceder a su interpretación reflexiva.
La fenomenología no demuestra que el cuerpo exista fuera de toda cultura. El cuerpo vivido siempre está situado en una historia, en una lengua, en una comunidad y en un mundo de prácticas. Lo que demuestra es que el sentido no comienza únicamente cuando el sujeto formula una frase. Existe una significación pre predicativa, corporal y práctica, que constituye el suelo de la experiencia posterior.
La carne y la reversibilidad
En la ontología tardía de Merleau-Ponty, la carne no designa una materia anterior al sentido, sino el tejido común de lo sensible y lo percibido.
El cuerpo que toca también puede ser tocado; el cuerpo que mira pertenece al mismo mundo que observa. Esta reversibilidad impide pensar la subjetividad como una conciencia separada de su entorno.
Aplicada al deseo, esta perspectiva permite comprender que la atracción no es únicamente una representación interna de un objeto exterior. Es una modalidad de implicación corporal en un campo de posibilidades: acercamiento, contacto, reconocimiento, cuidado, excitación, exposición y respuesta del otro.
No obstante, la fenomenología debe complementarse con el análisis social. El cuerpo deseante no existe en un vacío normativo. Las posibilidades de acercamiento, la legibilidad de los gestos, los límites del consentimiento y las formas de reconocimiento están configuradas por relaciones históricas y sociales.
Afectividad, interocepción y motivación
Sistemas afectivos primarios
La neurociencia afectiva desarrollada por Jaak Panksepp sostiene que ciertos sistemas emocionales primarios se encuentran organizados en regiones subcorticales filogenéticamente antiguas. Entre ellos se incluyen SEEKING, LUST, CARE, PLAY, FEAR, RAGE y PANIC/SADNESS (Panksepp, 1998; Davis & Montag, 2019).
El sistema SEEKING se relaciona con la exploración, la anticipación y la búsqueda motivada. Sus circuitos incluyen regiones mesolímbicas vinculadas con la atribución de valor y la aproximación. El sistema LUST se relaciona de manera más específica con la motivación sexual. Ambos sistemas pueden interactuar con procesos de apego, cuidado, memoria y aprendizaje, pero no son equivalentes al deseo humano en toda su complejidad.
Por ello, no es metodológicamente válido afirmar que el deseo erótico humano sea simplemente el resultado de la activación dopaminérgica mesolímbica. La dopamina interviene en procesos de motivación, aprendizaje y anticipación de recompensa, pero no constituye por sí misma una sustancia del deseo ni permite inferir la orientación sexual de un individuo.
Los modelos de Panksepp son valiosos porque muestran que la afectividad no comienza con el lenguaje. Sin embargo, deben interpretarse como modelos de sistemas motivacionales y emocionales, no como una traducción neurobiológica directa de categorías psicoanalíticas o fenomenológicas.
Interocepción y experiencia afectiva
La interocepción designa el conjunto de procesos mediante los cuales el sistema nervioso recibe, integra e interpreta señales relacionadas con el estado interno del organismo. Frecuencia cardiaca, respiración, temperatura, tensión visceral y otros cambios corporales pueden influir en la valencia afectiva y en la percepción del propio estado.
La investigación reciente subraya que aún no se dispone de una explicación completa sobre cómo las señales corporales se transforman en experiencias afectivas conscientes. La interocepción no es una lectura pasiva de órganos internos; implica integración neural, contexto, aprendizaje, atención y regulación corporal (Feldman et al., 2024).
Esta precisión es decisiva para el estudio del deseo. La experiencia erótica puede involucrar activación autonómica, cambios hormonales, atención selectiva, memoria afectiva, expectativa y contacto interpersonal. Sin embargo, ninguna de estas dimensiones, tomada aisladamente, equivale al deseo subjetivo. El cuerpo proporciona señales y posibilidades; el sujeto las organiza dentro de una historia y un contexto de significado.
Marcadores somáticos y valoración
La hipótesis del marcador somático de Damasio propone que los estados corporales asociados con experiencias previas pueden influir en la toma de decisiones y en la valoración de alternativas (Damasio, 1999). Esta propuesta es útil para pensar cómo una experiencia afectiva puede adquirir valor positivo o negativo y orientar la conducta.
No obstante, el marcador somático no debe confundirse con una explicación total del deseo. Una señal corporal puede participar en la valoración sin determinar el objeto del deseo, su interpretación o su significado autobiográfico. Tampoco permite afirmar que el deseo erótico sea simplemente la lectura consciente de un estado visceral.
Una formulación más rigurosa es la siguiente: el deseo puede surgir de la integración dinámica de estados corporales, memoria, motivación, percepción, aprendizaje y contexto interpersonal. La conciencia reflexiva puede interpretar esa integración, pero no necesariamente la origina.
Enacción, plasticidad y formación de sentido
El organismo como sistema situado
La teoría de la enacción, desarrollada inicialmente por Varela, Thompson y Rosch, sostiene que la cognición no consiste únicamente en manipular representaciones internas, sino en la actividad de un organismo encarnado que se relaciona dinámicamente con su entorno (Varela et al., 1991; Thompson, 2007).
Desde esta perspectiva, el organismo no recibe pasivamente un mundo ya terminado. Mediante su actividad sensorio-motora, establece diferencias relevantes, encuentra posibilidades de acción y configura un campo de sentido. La vida biológica y la cognición no son procesos completamente separados: el organismo regula su existencia al mismo tiempo que establece una relación significativa con el medio.
La enacción permite comprender el deseo como una orientación corporal situada. Desear no consiste únicamente en representar un objeto ausente, sino en encontrarse dispuesto hacia determinadas posibilidades de contacto, aproximación, cuidado, reconocimiento o placer. Esta orientación no es puramente interna; se constituye en la relación entre organismo, entorno y otros sujetos.
El deseo como actividad encarnada
La enacción no autoriza a eliminar el lenguaje. En el caso humano, el entorno incluye instituciones, discursos, normas, imágenes, categorías identitarias y relaciones de poder. Por ello, el deseo es encarnado y situado, pero también histórico y simbólico.
La afirmación de que el deseo es una forma de “acoplamiento estructural” debe manejarse con precisión. En biología, el acoplamiento estructural describe la historia de interacciones mediante la cual un organismo cambia en relación con su medio. No equivale automáticamente a una relación erótica ni a una reciprocidad interpersonal. Para hablar de deseo humano se requiere añadir dimensiones de reconocimiento, afectividad, memoria, interpretación y normatividad.
El deseo sexual puede comprenderse entonces como una forma compleja de orientación encarnada hacia otros cuerpos y hacia determinadas posibilidades relacionales. Sus condiciones biológicas hacen posible la sensibilidad y la motivación, pero sus objetos, sus significados y sus expresiones se configuran en contextos de aprendizaje, vínculo y cultura.
Plasticidad neural y experiencia
La plasticidad neural muestra que la experiencia modifica la organización funcional del sistema nervioso. El aprendizaje, el estrés, el apego, la práctica y la exposición reiterada pueden alterar conexiones y patrones de actividad. Este hecho permite pensar el cerebro como un sistema histórico y dinámico, no como una estructura completamente fija.
Sin embargo, no debe afirmarse que la plasticidad demuestra directamente que el inconsciente psicoanalítico sea idéntico a una red neuronal. La plasticidad ofrece un punto de contacto entre experiencia y sistema nervioso, pero no resuelve por sí sola el problema conceptual del inconsciente, la fantasía o el significado.
Ansermet y Magistretti (2004) proponen un diálogo entre psicoanálisis y neurociencia a partir de la plasticidad. Este diálogo resulta productivo si se mantienen las diferencias entre niveles de explicación. Una huella sináptica no es automáticamente un recuerdo narrado; una modificación neuronal no equivale por sí sola a un conflicto inconsciente; y una experiencia subjetiva no puede reducirse sin resto a su correlato neural.
Sexualidad, desarrollo y despatologización
Más allá de naturaleza y cultura
Los estudios sobre la orientación sexual no avalan una simple contraposición entre naturaleza y cultura. Hay evidencias de que hay contribuciones genéticas, hormonales, neurobiológicas y del desarrollo, pero esos factores interactúan de una forma compleja y no pueden predecir la orientación de cada persona.
El trabajo de Ganna y colegas (2019) con cientos de miles de participantes identificó varias regiones genómicas asociadas con la conducta sexual entre personas del mismo sexo. Sin embargo, las variantes estudiadas explicaron sólo una proporción limitada de la variación y no permitieron predicciones individuales fiables. Los resultados avalan una arquitectura poligénica y compleja y no la existencia de un “gen gay”.
Las revisiones sobre el desarrollo de la orientación sexual también describen la posible participación de factores prenatales, hormonales, inmunológicos y genéticos, pero advierten que la evidencia es incompleta y que ninguno de estos elementos explica toda la variabilidad observada (Balthazart, 2020; Bogaert et al., 2018).
Por tanto, la existencia de bases biológicas no significa determinismo. Decir que algo es biológico no implica que sea inevitable, y decir que es cultural no implica que se haya elegido conscientemente. La sexualidad humana se construye a través de interacciones complejas entre el organismo, la historia, los vínculos y el contexto en que se vive.
La orientación sexual no es una enfermedad.
No hay que confundir la orientación sexual con el sufrimiento psicológico derivado del estigma, la discriminación o el conflicto social. La Asociación Americana de Psicología señala que la homosexualidad no es una enfermedad y que no hay un acuerdo científico respecto a una causa única de la orientación sexual.
La OMS eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales en 1990. La homosexualidad, según la Organización Panamericana de la Salud, es una variante natural de la sexualidad humana, y las intervenciones que buscan cambiarla no tienen fundamento médico ni científico.
Conceder esta despatologización no depende de demostrar que una orientación sexual sea totalmente genética, totalmente innata o totalmente inmutable. La falta de enfermedad se sustenta en que las orientaciones sexuales no son, de por sí, disfunciones ni daños intrínsecos. Cuando aparezca el sufrimiento debe analizarse teniendo en cuenta la historia individual, la violencia, el rechazo, la discriminación, la coerción y otros factores clínicos o sociales.
Precisión de los términos
Hay que diferenciar entre la orientación sexual y la identidad de género. La orientación sexual es la dirección de la atracción; la identidad de género es la vivencia y autocomprensión del género. Una persona no binaria puede tener cualquier orientación sexual, de la misma forma en que una persona cisgénero puede ser heterosexual, homosexual, bisexual, pansexual, asexual u otra.
Hay que distinguir también entre identidad y conducta. Una persona puede realizar conductas sexuales sin asumir la identidad correspondiente, y una identidad puede ser mantenida sin una conducta sexual actual. Estas diferencias resultan especialmente importantes en investigaciones que utilizan bases de datos poblacionales, ya que no todos los estudios miden lo mismo.
Deseo afirmativo y crítica a la carencia
Deleuze y Guattari
Deleuze y Guattari atacaron la reducción del deseo a la carencia y al modelo edípico. En El Anti-Edipo, propusieron comprender el deseo como producción, como conexión y flujo, y no simplemente como la búsqueda de un objeto perdido (Deleuze & Guattari, 2004).
Su contribución es relevante porque permite pensar el deseo como potencia productiva. El deseo no sólo dice lo que falta; organiza relaciones, abre posibilidades, hace vínculos, transforma el campo de la experiencia. Esta perspectiva dialoga con la enacción y la fenomenología corporal, aunque no debe identificarse con la afirmación de que todo deseo es espontáneamente liberador. El deseo también puede quedar atrapado por relaciones de poder, de violencia, de consumo, de subordinación y de exclusión.
Spinoza y el poder
En Spinoza, el deseo es comprensible como la expresión consciente del esfuerzo por perseverar en el ser. Esta idea hace posible formular una ontología no negativa del deseo: el deseo no sería solo efecto de una carencia, sino una potencia de existencia, de relación y de transformación (Spinoza, 2000).
Pero una lectura spinozista no debe convertir en algo necesariamente bueno o saludable toda afirmación corporal. La fuerza para actuar depende de los encuentros, y puede crecer o menguar. El deseo puede ser una fuerza que favorezca la autonomía y el cuidado, pero también puede ser atravesado por el miedo, la dependencia, la compulsión, la violencia.
Por lo tanto, la afirmación del deseo debe estar ligada a la ética del consentimiento, la reciprocidad, la autonomía corporal y el reconocimiento del otro. Despatologizar la diversidad erótica no es validar cualquier práctica ni eliminar la responsabilidad ética.
Una síntesis no dualista
La contraposición entre deseo como carencia y deseo como producción puede resultar provechosa si se entiende como una diferencia teórica, no como una separación radical. El deseo puede ser impulsado por la falta y, al mismo tiempo, crear nuevas relaciones. Puede aparecer en un cuerpo dañado y tomar forma a través de significantes, fantasías, normas e instituciones.
La propuesta de este ensayo no tiene la intención de resolver de forma definitiva la tensión entre ambas teorías. Buscan demostrar que una buena explicación necesita varios niveles: el cuerpo aporta sensibilidad, excitabilidad, capacidad de regulación; el sistema nervioso integra señales internas y externas; la experiencia organiza memoria, valoración, motivación; el vínculo con otros configura apego, reconocimiento, conflicto; el lenguaje ofrece categorías para narrar e interpretar; la cultura y las instituciones distribuyen legitimidad, visibilidad, sanción.
Hacia una ontología encarnada del deseo
Podemos expresar la tesis central de la siguiente manera: el deseo humano es una actividad encarnada, afectiva, plástica, situada y mediada simbólicamente. No es una sustancia localizada en una zona cerebral, una falta puramente lingüística, ni una decisión consciente basada en la voluntad del individuo.
El deseo es posible sólo a partir de la corporalidad. Sin un organismo capaz de sentir, regularse, orientarse, recordar y vincularse, no habría experiencia erótica. Los signos del cuerpo no bastan, sin embargo, para determinar la forma concreta del deseo. Una misma activación fisiológica puede ser interpretada como excitación, ansiedad, temor o incomodidad, dependiendo del contexto y de la historia de la persona.
La subjetividad es también una condición de transformación. El deseo no está limitado a ocurrir en el cuerpo, puede ser reconocido, rechazado, narrado, ocultado, resignificado o convertido en posición identitaria. Esta transformación tiene lugar a través de relaciones de poder, de discursos, de instituciones y de vínculos afectivos.
Desde este punto de vista, la carne no está “antes del verbo” en un sentido absolutamente cronológico. Hay que entender la expresión ontológica y metodológicamente: antes de toda descripción verbal hay un organismo sensible que puede ser afectado y orientarse en el mundo. Pero esa corporalidad del hombre nunca está completamente fuera de la historia, del lenguaje, de la cultura.
El lenguaje no crea la capacidad de sentir, pero puede reordenarla. Nombra el cuerpo, clasifica las conductas, establece prohibiciones, ofrece identidades, legitima ciertas formas de relación y estigmatiza otras. Asimismo, la carne marca límites y rebasa el lenguaje: ninguna descripción agota la intensidad de una experiencia corporal, ningún significante captura plenamente el goce, ninguna categoría identitaria contiene la singularidad entera de una vida.
La ontología que se propone es, pues, relacional. El deseo no es privativo del organismo aislado, ni del sistema de significantes. Surge de la relación entre cuerpo, cerebro, mundo, historia y otros cuerpos. La subjetividad no es una entidad separada de la materialidad, pero tampoco se reduce a ella.
DISCUSIÓN
La primera consecuencia de este enfoque es de orden epistemológico. No hay una escala única y privilegiada para estudiar el deseo. La neurociencia puede estudiar circuitos, hormonas, interocepción y plasticidad, la psicología puede abordar motivación, aprendizaje, apego e identidad, la fenomenología puede narrar la experiencia del cuerpo vivido, el psicoanálisis puede interpretar la fantasía, la repetición, el conflicto y el goce y las ciencias sociales pueden indagar normas, instituciones y relaciones de poder.
Estas disciplinas no producen respuestas idénticas porque no plantean exactamente las mismas preguntas. El error se produce cuando una explicación válida en un nivel pretende sustituir a todas las demás. Un circuito neural puede ser condición necesaria para una experiencia, pero no es lo mismo que su significado. Una categoría lingüística puede organizar una identidad, pero no agota su sustrato corporal. Una norma social puede causar sufrimiento, pero no basta para explicar toda la atracción.
La segunda consecuencia es de orden clínico y ético. Al reducir la sexualidad a una anomalía biológica se fomenta su patologización y se hace caso omiso de la diversidad del desarrollo humano. Al reducirse a una construcción discursiva, existe el riesgo de pasar por alto el sufrimiento corporal, la persistencia de la atracción, la dimensión involuntaria de ciertos afectos y la materialidad de las experiencias de discriminación.
La tercera consecuencia es de carácter político. No hace falta que la despatologización pruebe una esencia biológica fija. La dignidad y los derechos de las personas no dependen de que una orientación sexual se pueda localizar en un gen, una hormona o una estructura cerebral. La biología puede ayudar a cuestionar el voluntarismo y el prejuicio, pero no debe transformarse en un nuevo criterio de legitimidad. Ninguna persona requiere una explicación neurobiológica particular para que su orientación sea reconocida como una variación legítima de la sexualidad humana.
La cuarta consecuencia tiene que ver con la idea de libertad. Conocer bases corporales del deseo no elimina la agencia. La libertad humana no consiste en elegir desde una absoluta ausencia de condiciones, sino en la capacidad de interpretar, regular y orientar la propia vida desde condiciones corporales, afectivas, históricas y sociales. Así pues, reconocer la influencia del lenguaje y la cultura no es lo mismo que decir que la sexualidad es una elección arbitraria.
CONCLUSIONES
No es posible entender adecuadamente el deseo humano mediante una rígida oposición entre el biologicismo y el idealismo lingüístico. El biologicismo mecanicista reduce la complejidad de la sexualidad a simples determinismos; el idealismo lingüístico corre el riesgo de subestimar la materialidad del cuerpo, la afectividad, la interocepción y la motivación. Ambos reduccionismos fracasan cuando pretenden explicar la totalidad de la experiencia desde una sola dimensión.
La teoría de Lacan mantiene una importancia decisiva para analizar la relación entre deseo, demanda, falta, lenguaje, fantasía, pulsión y goce. Sin embargo, su privilegio de la dimensión simbólica no alcanza para explicar los procesos corporales, neurofisiológicos y afectivos que hacen posible la experiencia. Las neurociencias afectivas y las ciencias cognitivas enactivas, ofrecen herramientas para estudiar esos procesos, pero tampoco pueden sustituir el análisis de la subjetividad, la historia y la cultura.
La corporalidad vivida debe entenderse como condición de posibilidad de sentido y no como una sustancia totalmente separada del lenguaje. La carne siente, se orienta, recuerda, se vincula y responde antes de cualquier formulación proposicional; pero esa experiencia en el ser humano se desarrolla en mundos sociales y lingüísticos que la nombran, regulan, interpretan y transforman.
La orientación sexual y la diversidad erótica no se explican por una sola causa. Los datos disponibles sugieren que la orientación de una persona es el resultado de una compleja interacción de factores biológicos y de desarrollo, y no existe ningún marcador genético único que pueda identificar o predecirla. Esta complejidad no debilita la despatologización, al contrario, impide reducir la diversidad sexual a una anomalía, a una elección voluntaria o a una falla del orden simbólico.
Podemos resumir la tesis final de este modo: la carne no está pasivamente sometida al verbo, pero tampoco existe sin una historia de significación. El cuerpo viviente abre la posibilidad de sentir y de desear; la interacción, la memoria, el lenguaje y la cultura determinan las formas concretas que ese deseo puede adoptar. Una buena ontología del deseo ha de reconocer a la vez su profundidad corporal, su plasticidad afectiva, su dimensión relacional y su mediación simbólica.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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